Nadie saldrá indemne de este descalabro

La actriz, directora y docente Macarena Trigo inicia una serie de artículos en Todo Teatro, que apuntan a pensar en la creación y el futuro de la actividad en tiempos de pandemia.

Por Macarena Trigo

Quienes creemos que la vida nunca se limita al brutal contexto que nos cierne, creamos. Lo hacemos porque necesitamos lo que no está, lo que no fue ni será. En esa instancia, cómo no crear. El arte no es lo que la industria integra como entretenimiento, inversión de capital o trabajo. El arte es una fuente de sentido, una infinita posibilidad de cambio. Acá y ahora pisamos un terreno insólito.

Ese territorio no el de la pandemia, la muerte, el aislamiento o el fin del mundo conocido… Todas esas temáticas son familiares por reconocibles. Nos las hemos contado demasiadas veces. Lo insólito es la posibilidad de contarlo nosotros. Y no me refiero al subgénero de obras de arte que tematicen el coronavirus, que inevitablemente ya se estarán gestando, sino al modo en que logremos relacionarnos con este presente que expone nuestra ignorancia sobre el devenir.

Nunca tuvimos un mañana garantizado, por supuesto. Pero esa certeza no se había materializado de modo tan contundente desde que las guerras se convirtieron en cuestiones remotas para tantos. Nadie saldrá indemne de este descalabro; necesitaremos tiempo para valorar la repercusión de esto en nuestro trabajo. Pero, ¿contamos con esa distancia o el tiempo se agota? Si esto fuera todo, ¿qué coordenadas empezaríamos a modificar y cómo? ¿Y por qué no lo estamos haciendo ya?

Rhonda, una de sus últimas creaciones como dramaturga.

En cuanto al regreso a la «normalidad», en mi limitada experiencia puedo decir que el futuro del sector parece caracterizarse siempre por su nefasta economía. Pocos creadores conocen otra cosa. Ojalá este tiempo permita instrumentar posibilidades con las que nunca nos atrevimos a soñar. No necesitamos volver a la normalidad: necesitamos fortalecernos desde acá, vincularnos más, mejor, estar disponibles, pensar en colectivo no solo sobre nuestra precariedad, sino sobre nuestras excelencias; esas que damos por sentadas y que son tan excepcionales como inverosímiles para cualquiera que venga de fuera.

En cuanto a la recuperación del ámbito teatral, resulta llamativo que las necesidades sean las mismas de siempre: políticas culturales que acompañen las iniciativas de gestión y producción que tantísimos espacios han sabido defender y reinventar una y otra vez. Los subsidios de emergencia como los que ya se han activado son fundamentales, pero también líneas de financiamiento que favorezcan no solo el mantenimiento sino el desarrollo de espacios y creadores. Programas que apuesten por la continuidad a largo plazo.

Si el aislamiento se prolonga varios meses y el retorno a las actividades será paulatino y con limitaciones -como todo indica- se necesitarán campañas de comunicación para que el público regrese a las salas sin miedo. ¿Las salas se verán obligadas a trabajar por debajo de su capacidad para mantener las medidas sanitarias? Sin financiación estatal será insostenible. Necesitamos que el teatro independiente fortalezca su estructura, que aparezcan nuevas figuras legales para dar cabida a tantísimos profesionales cuya actividad jamás encajó en la nebulosa del monotributo. Si algo pone en evidencia esta situación es el total desamparo bajo el que realizamos gran parte de nuestro trabajo.