Mariano Saba: «El virus evidenció la precariedad de los sectores culturales»

El actor, director y dramaturgo cuenta que se «protege» escribiendo e imaginando. Analiza el rol del Estado para garantizar el retorno de las actividades y la ansiedad de «presentar» creaciones en las redes.

Por Muriel Mahdjoubian Rébori. Fotos: Prensa y Facebook Mariano Saba.

«El virus evidenció la precariedad de los sectores culturales abocados únicamente a la praxis artística”, explica Mariano Saba, dramaturgo egresado de la EMAD, investigador del CONICET, director, actor y docente en numerosas instituciones. Es uno de los autores más prolíficos de la escena actual, que tiene en su haber piezas como la multipremiada El equilibrista escrita en co-autoría con Patricio Abadi y Mauricio Dayub. Además, entre otras de sus creaciones se destacan Madrijo, El vuelo de la mosca, Lógica de naufragio, Esto también pasará, Remar y Aquí cantó Gardel.

¿Qué se modificará en nosotros después de la pandemia? ¿Hay algún beneficio en todo esto?

Es difícil saber si habrá algún beneficio que pueda extraerse de una tragedia como la que atraviesa el mundo entero. Al día de hoy han muerto casi 350 mil personas en todo el globo. Ese mero dato pareciera zanjar la discusión: ninguna experiencia puede ser muy beneficiosa a ese costo. De todos modos, hay algo interesante para pensar ahí: todas esas muertes no pueden adjudicarse solamente al virus. Muchas son resultado de políticas brutales como las de Estados Unidos o Brasil. En ese sentido, tal vez sí haya algo que podamos revertir; el coronavirus parece que vino a poner de relieve las enormes desigualdades sociales y económicas que el planeta naturalizó durante las últimas décadas. Las víctimas más vulnerables son los ancianos y los sectores más carenciados, que son vistos por ciertos agentes económicos como elementos “improductivos”. Por eso, si hay algo que tal vez pueda cambiar luego de este horror, tal vez sea la conciencia comunitaria del valor de un Estado presente. La certeza de tener que protegerse contra la voracidad de intereses financieros y políticos que nos desprecian como sujetos.

Y que toman a la productividad como único valor…

Intereses mecánicos que sólo piensan en esa productividad y que siguen todavía -con trescientas cincuenta mil personas muertas- articulando discursos anti-cuarentena desde la parcialidad de sus propios medios de comunicación, haciendo proliferar datos falsos y subestimando la labor médica y científica (como siempre han hecho). Por otra parte, la naturaleza vuelve a ocupar ciudades cuya ecología fue castigada por lustros: esto no es menor como aprendizaje. Pero sería imprudente no asociarlo con lo mismo que decíamos antes. Un caso concreto es el Chaco: el monte chaqueño fue deforestado en un veinte por ciento desde los años ’80. ¿Para qué? Para plantar soja. ¿Será casualidad que allí -en un territorio donde se masacra de pobreza a la gente, donde se destruye el pulmón más importante luego del Amazonas- unas empresas sigan lucrando con el desastre? ¿No son acaso esas empresas las mismas que se niegan hoy a pagar un impuesto solidario por sus enormes fortunas? ¿No podría pensarse, entonces, que esa misma inconciencia tiene relación directa con una zona donde el virus aún no puede controlarse?

Mariano Saba es uno de los autores de la multipremiada obra «El equilibrista».

¿Cuál es el rol del arte en estos momentos?

Yo creo que el arte, como siempre, resulta un buen compañero de las crisis. Toda crisis es una oportunidad inestimable para hacer arte, para ver las cosas con una mirada nueva e inédita. Lo que no exime al artista de padecer enormemente la crisis. Entre otras cosas, el virus también evidenció la precariedad en la que viven los sectores culturales abocados únicamente a la praxis artística. Es valedero, entonces, que sigan emergiendo alternativas estatales y privadas de ayuda a los artistas, de tal manera que esa contención les permita sostenerse y garantizar el retorno de sus actividades en un futuro posible.

¿Por dónde circulan los caminos de la creación para un autor en estos momentos? ¿Es un buen momento para escribir? ¿Lo estás haciendo?

En estos momentos pienso mucho en un lema que oí decir a Mauricio Kartun: «La dramaturgia no es terminar obras”. La dramaturgia es escribir teatro sin preocuparse por arribar a un resultado. En ese sentido, el momento -si bien no es fácil- lo sigue permitiendo. O sea, es posible registrar en el campo artístico cierta angustia por no poder producir. Para lo teatral, asocio mucho esta melancolía con la orfandad de un punto de vista. La ansiedad entonces nos empuja a la necesidad de «presentar» algo por medio de las redes: una opinión, una foto, el video de una puesta… Esas «presentaciones» no están mal, pero terminan por «representar» un vacío que no se satisface con nada. De a poco creo que esa urgencia empieza a revelarse como lo que es: la búsqueda de un sustituto transitorio. Me di cuenta de que ante tanta tristeza, yo me protejo de mejor manera escribiendo. Yo sigo escribiendo, sigo acopiando, sigo leyendo… ¿Para obras que nunca se pondrán en escena? Puede ser. ¿Pero no es semejante a lo que fue siempre? ¿Cuántas veces escribimos con la garantía indudable de que nuestros textos llegarían a escena? La menor cantidad de veces. Por lo tanto, yo continúo. Y de paso me agencio el juego: el juego de escribir, de imaginar, que nos hace florecer un poco la tierra yerma de lo real.

¿Cómo imaginas el escenario de la dramaturgia post pandemia?

La dramaturgia es un organismo vivo en constante mutación y más aún en un campo tan activo como el argentino. Sin embargo, si hay cambios post pandemia es muy difícil adivinarlos ahora. Tendrán que ver con los condicionamientos fácticos del reencuentro, de la escena y de los teatros. Pero tengo esperanza de que la dramaturgia seguirá siendo original en tanto se ocupe genuinamente de favorecer una teatralidad personal y corpórea. Es decir, confío en que la dramaturgia volverá a emerger como lo que siempre ha sido: el soporte artesanal para un encuentro entre cuerpos presentes (aun cuando ese encuentro, pensado desde hoy, sea una incógnita).

«Aquí cantó Gardel», una obra de Saba protagonizada por Roberto Carnaghi.

¿Podrías compartir consejos a los artistas y creadores para afrontar esta cuarentena?

Prefiero compartir estrategias. Hay algunas cosas que continúo haciendo y que me permiten seguir imaginando, algo fundamental contra el aplacamiento del encierro y del miedo. Primero sigo escribiendo, con la diferencia de no estar urgido por la resolución (leo y corrijo Tibio, un monólogo que haremos “alguna vez” con Horacio Roca y Male Selicki). Anoto cosas para otros textos con los que voy esquivando la abulia; registro fragmentos para esas otras hipótesis que no tienen ni voluntad de formatearse. En segundo lugar, leo para mi trabajo dramatúrgico y académico, pero también para descubrir literaturas que en el galope cotidiano pre-pandemia siempre postergaba para otra oportunidad. Y, en tercer lugar, charlo, intercambio ideas con amigos o compañeros con los que habíamos proyectado hacer cosas que quedaron en suspenso y que -claro está- no hay por qué resignar a la quietud.

Imaginá que podés compartir un vino con alguien del mundo del teatro. ¿A quién elegirías?

Me hubiera gustado conversar con varios, pero si tengo que elegir a uno, ése sería Antón Chéjov. Le preguntaría: «¿Cómo». Así de corto. Le diría: «Maestro, ¿cómo?».