Marcelo Allasino. Transformar las incertezas en una posibilidad

El autor, director y ex encargado del Instituto Nacional del Teatro reflexiona sobre el teatro online y cuenta sobre la creación de TEATRO UAIFAI, una plataforma virtual con obras en vivo que funciona desde mayo.

Por Marcelo Allasino. Fotos: Sol Schiller y prensa «La tortuga».

Mi nombre es Marcelo Allasino. Soy un artista escénico y gestor cultural argentino. Nací y desarrollé gran parte de mi tarea profesional en una ciudad pequeña de la provincia de Santa Fe llamada Rafaela. Mi formación es totalmente extra académica. Soy un varón cis, mestizo, queer, provinciano, sin propiedades y que nunca militó en ningún espacio partidario. Estas condiciones que me definen, también me crearon innumerables trabas, problemas, discriminaciones, ataques y humillaciones. También me ayudaron a desarrollar una firme actitud disidente, resiliente y resistente a las dificultades.

Actualmente vivo en Buenos Aires. En esta ciudad, que es una de las capitales teatrales más importantes del mundo, antes del COVID-19 se podían ver 1.200 espectáculos escénicos diferentes por semana, entre la escena pública, el teatro comercial y el teatro de autogestión, al que gracias a una larga tradición que se remonta a los inicios del Teatro del Pueblo, llamamos teatro independiente. Creo que habría que revisar esa denominación.

Tengo una experiencia muy larga e intensa tanto en ese campo de autogestión como en el sector público. En los últimos 4 años fui director del Instituto Nacional del Teatro de Argentina, tarea que finalicé en enero pasado. En abril de este año tenía planeado el estreno porteño de una obra de mi autoría llamada La Tortuga, en el Camarín de las Musas, junto a Matilde Campilongo y Constanza Balsategui, actriz y asistente respectivamente.

La pieza es sobre una mujer que, encerrada en su casa por una cuestión de salud, mantiene una conversación a través de una video-llamada con su mejor amiga de la adolescencia. El 19 de marzo fue decretada en nuestro país la medida de aislamiento social, preventivo y obligatorio por la pandemia de COVID-19, y el proyecto quedó en una situación de incertidumbre, al igual que toda la actividad teatral en el país.

Las primeras acciones del colectivo teatral estuvieron ligadas a la publicación de videos de diversos espectáculos escénicos. Registros audiovisuales de espectáculos recientes o antiguos, logrados con diversas calidades, inundaron las redes sociales. Ver teatro filmado era una rareza de interés exclusivo para quienes nos dedicamos profesionalmente a las artes escénicas: una herramienta de trabajo posible cuando las distancias geográficas o temporales impedían ver algo en vivo.

El registro audiovisual de un espectáculo permite acceder a algo que se aproxima a la experiencia, aunque obviamente ese registro no sea el hecho vivo que le da especificidad a la expresión teatral. Recuerdo lo que significó para mí, siendo un joven artista en formación, ver la filmación de El príncipe constante de Grotowski, cuando no existía YouTube. En esa época estudiaba con Julian Knab, quien había sido discípulo de Rena Mirecka, una de las integrantes del mítico equipo de Grotowski.

Acceder a ese registro era un lujo reservado a unos pocos, y era absolutamente revelador. Poder ver algo de ese trabajo icónico y que estudiábamos al derecho y al revés en Hacia un teatro pobre fue -aunque incompleto- muy inspirador. Agradecí la posibilidad de acceder, aunque sólo fuera a una parte, un recorte, a través de ese registro fílmico. Como también agradecí cuando las plataformas digitales lo volvieron accesible a todos, democratizando el estudio y la investigación algunos años después.

Pero así como ver teatro filmado habilitaba el acceso a algo que estaba lejos o ya había pasado, nos dejaba siempre insatisfechos de algún modo, deseosos, movilizados, con ganas de ver los espectáculos que nos habían gustado en vivo y en directo. Luego de ver el video de El príncipe constante, deseé aún más haber nacido antes y vivir en Europa para haber logrado ver en vivo aquella joya.

Luego, a lo largo de mis años como curador y programador, vi cientos de registros en video de espectáculos, siempre con un objetivo: lograr ver en vivo a los que me atraían desde las pantallas. El teatro ha sobrevivido durante más de 2.500 años a todos los avances de la tecnología, y ha logrado establecer un diálogo fructífero con ellos, ampliando la llegada a más personas e instalándose -desde hace siglos- en el imaginario colectivo global.

Pero con la pandemia, la cuarentena y el encierro, la virtualidad se instaló en nuestras vidas como nunca antes. La tecnología se impuso como única forma posible de mantener el vínculo afectivo y social, y la expresión escénica -por primera vez en la historia de nuestra cultura global – fue (es y será por un rato más) imposible.

Parecía que no quedaba otra opción más que empezar a compartir los registros audiovisuales de todas los espectáculos hechos -antiguos o recientes- para mantener viva a la expresión escénica en el inconsciente colectivo. Y también para poder generar algún ingreso, con transmisiones por streaming con entradas a la gorra.

La obra que yo iba a estrenar no plantea ninguna reflexión sobre la cuarentena ni la pandemia: habla acerca de la maternidad no deseada, pero usa la tecnología como excusa escénica para habilitar el monólogo interior de su protagonista, ya que esta mujer dialoga con una amiga de su adolescencia a través de una video-llamada. Ella dice al inicio de la pieza: «Nunca pensé que una computadora pudiera darte tanta compañía”.

El encierro nos obligó a postergar el estreno, y decidimos seguir ensayando por video-conferencia, y esas palabras se volvieron un mantra: la compañía se instaló forzadamente por pantalla de teléfono, la computadora o del
smart TV. Y frente a la imposibilidad de estrenar en la sala, un día entendimos que la impotencia de no poder compartir el trabajo de tantos meses, debía encontrar otra forma posible. No queríamos que la incertidumbre y el enojo nos ganaran y justificaran la inacción.

Así que gracias a la trama que plantea la obra hicimos una versión virtual. Decidimos estrenarla online y hacer una temporada con funciones
en vivo, respetando ese ritual que amamos y que implica un encuentro único e irrepetible. Pero claro, cada uno desde su casa, respetando el aislamiento y aprovechando lo que la tecnología nos propone.

Pensamos que nuestro proyecto podía contagiar a otros, y surgió entonces TEATRO UAIFAI: una plataforma virtual para compartir nuestra obra, a través de funciones en vivo, y abrirla a otros creadores para que puedan compartir sus obras. Estamos haciendo una temporada de funciones en vivo online desde el 23 de mayo, en la que se presentaron La Tortuga y Aspiro a Hitchcock de Agostina Prato. En este primer mes hicimos 19 funciones y tuvimos espectadores de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Japón, México, Panamá, Uruguay y USA.

«La tortuga», una de las creaciones de Allasino.

Hicimos una convocatoria abierta de la que ya participaron casi 50 proyectos de distintos países, las que se irán sumando próximamente.
TEATRO UAIFAI está resultando una experiencia muy movilizadora. Nos habilita el encuentro real en vivo y en directo de artistas y espectadores, dado que luego de cada función completamos la experiencia con un encuentro por Zoom con los espectadores. En esas conversaciones hemos podido acercarnos y compartir con personas muy queridas y con otras desconocidas, que viven en distintas ciudades y distintos países, y a las que nos pasan cosas muy distintas.

Nos emocionamos juntos, compartimos anécdotas, dificultades, proyectos y deseos. Nos sentimos, en una escala diminuta pero muy potente, parte de algo que nos gusta y nos hace bien. Como si pudiéramos poner en práctica algo de ese modelo de comunidad que anhelamos.

TEATRO UAIFAI es un proyecto de absoluta autogestión, en el que deseamos reunir esfuerzos con creadores y gestores con quienes tenemos miradas coincidentes y con quienes podamos hacer sinergia. Que no es el convivio que ofrece el encuentro real, lo tenemos muy claro. No es ese banquete que moviliza a millones de personas en esta capital teatral de Latinoamérica. Pero es una forma posible de sobrevivir a este momento, ofreciendo lo que sabemos hacer con amor y dignidad.

Lo hacemos mientras el teatro se prepara para recibir a artistas y espectadores y disfrutar de ese ritual mágico que se mantiene intacto desde hace 2.500 años. Creo que es indispensable seguir en movimiento y pensando nuevas formas, habilitando posibilidades para este nuevo momento. La virtualidad ha inaugurado una etapa inesperada y potente, con aristas que son positivas y habilitan nuevas formas de asociarnos y comunicarnos.

Creo también que el nuevo orden mundial nos provoca definitivamente a ser más empáticos y estas acciones van en ese camino: el de ayudarnos, darnos una mano, sentirnos próximos y construir una comunidad mejor.