Ignacio Bartolone. Una vida apócrifa que permite pensar aspectos de la propia

El director cuenta en primera persona el proceso creativo de «La obra pública», una indagación sobre el nacimiento del arte experimental en la Argentina.

Por Ignacio Bartolone. Fotos: Gentileza Prensa y Leo Balistieri.

En el principio, cuando todo fue un juntadero de horizontes y destinos posibles, un darwinismo de ideas, argumentos y universos posibles se disputaron cabeza a cabeza la excusa y la chispa primigenia para poner en funcionamiento la escritura de mi cuarta obra como autor y director.

Quiero empezar diciendo esto porque para mí la escritura responde a un plan de operaciones escalonado en el que el estudio, la investigación, el acopio, el trabajo de escribir, de corregir y seguir escribiendo se configuran como pasos a seguir dentro de un viaje inmóvil, en el que pareciera ser necesario escarbar y escarbar en un adentro solitario, hasta encontrar aquello factible de volverse ley, o sistema, en el afuera grupal. Dichosos quienes por el contrario solo necesitan crear sus obras desde improvisaciones, dichosos aquellos a los que les ha sido concedida la gracia de la gracia, dichosos los poetas de la inmediatez romántica. Para ustedes, el cielo y saludos desde el inferno de la técnica.

En algún punto de ese comienzo, una idea primerió a las otras: intentar delinear siluetas biográficas de artistas apócrifos. Generalmente, los ascendentes y las genealogías en las que me quiero inmiscuir están más cerca del mundo de los libros. En este caso, los referentes fueron las Vidas imaginarias, de Marcel Schwob, La sinagoga de los iconoclastas, de J.R. Wilcock, Literatura nazi en América, de Roberto Bolaño, y otros tantos compendios biográficos, en donde la invención toma partido para abrirse camino a modo de colección y catálogo de vidas exóticas.

La obra es protagonizada por Julián Cabrera, con diseño sonoro y música original de Franco Calluso.

La idea de la multiplicidad comenzó a ser un problema para articular una posible proyección escénica, como también lo fue en la variable de la escritura, así que termine optando, no sin antes fracasar en muchas otras soluciones, por lo más evidente, práctico y escénicamente posible: descartar la variedad para ir a lo singular. Escribir un diario de un escultor, apócrifo.

Quizás a esta altura la pregunta, más allá de los referentes literarios y del capricho estético, pueda llegar a ser: ¿Por qué apócrifo? ¿Y por qué no una obra sobre un fragmento de la vida de Santiago García Sáenz, sobre el diario de Emilio Pettoruti o sobre Liliana Meresca o Federico Peralta Ramos? ¿Por qué crear un artista si ya existieron otros? Las respuestas quizás sean muchas, pero voy a dar solo dos.

Primero, la más obvia; luego, la más secreta. Primero: porque la creación permite la refracción de lo real sin tener deudas con la verdad. Es decir, todos los nombrados y muchos otros puedan aportar aspectos sin que lo biográfico y lo fáctico de uno solo se impongan por encima de lo que se vaya perfilando en la escritura. Crear permite profanar varias tumbas y hacer un Frankenstein a la medida de los sueños y las pesadillas que la ficción pretende contar. Retratar es de alguna manera estar en deuda con un solo fantasma y esa obra ya la escribió el mejor de todos.

Pieza promocional de la obra.

Segundo: porque en este caso, y a diferencia de todos mis trabajos anteriores, poco a poco me fui dando cuenta de que mi propia experiencia, mi biografía y lo que yo intuyo como a mi lugar dentro de la escena local empezaron a ser decisivos para la escritura de dicho diario. Que no se mal interprete, lejos de la dramaturgia del yo, de la auto referencialidad o de un yoismo recalcitrante, lo que sucedió es que esa silueta de un escultor de 1900 y monedas, comenzó también a esculpirse como a una estatua imaginaria con el mármol de mi propia biografía. Una trasmutación de lo privado hacia lo público de la ficción. Una vida apócrifa que permite pensar aspectos de la propia porque como dice la poeta María Negroni: «Nada más autobiográfico que la imaginación».

La obra pública se puede ver los lunes, a las 20.30, en Espacio Callejón (Humahuaca 3759).