Elisa Carricajo. Hacer de chongo

Una de las actrices del grupo Piel de Lava que forma junto a Valeria Correa, Pilar Gamboa y Laura Paredes cuenta cómo surgió la idea de "Petróleo", la obra que sorprendió a todos y que se puede ver en el Metropolitan Sura. 
  • Por Elisa Carricajo

Empezamos el proceso creativo de Petroleo a raíz de una convocatoria de Vivi Tellas para el programa “Artista en Residencia” en el Teatro Sarmiento del CTBA. Cuando esto ocurrió el grupo Piel de Lava, después de 15 años de trabajo ininterrumpido, había entrado en su primer parate. Durante ese tiempo, nos juntábamos a veces a leer algunas obras de teatro, pensando que podría ser que nuestro próximo trabajo partiera por primera vez de un texto ya escrito. 

Cuando nos reunimos por primera vez con Vivi a raíz de la convocatoria estábamos leyendo “Yerma” de Federico García Lorca. Le comentamos sobre Yerma y ella, de acuerdo a los criterios curatoriales del programa, nos aconsejó partir de un texto nuestro. Nos pareció bien. Pero algo nos había gustado de aquellas lecturas. Como era un texto “clásico” y nosotras todas “mujeres” leíamos indistintamente personajes masculinos y femeninos.  

Entonces, a la hora de empezar un proceso creativo nuevo, pensamos que sería divertido hacer todas de hombres. Empezar desde ahí, como un mecanismo de actuación que organizara el procedimiento de creación de la obra. “Hacer de hombres” era un mundo enorme, asique dijimos “van a ser hombres trabajando”. Luego fue “hombres trabajando en un trabajo solo de hombres”. Y finalmente, “hombres que tienen que sobreactuar la masculinidad para vivir”: a eso, en nuestra jerga, le llamamos “chongos”. Íbamos, entonces, a hacer de unos chongos. 

Actuar, o sobreactuar, la masculinidad, para un grupo de personas que durante toda su vida se han identificado con el género femenino no nos resultó simplemente un procedimiento de actuación mas. Performar el otro género, para nosotras que crecimos en un mundo que todavía se definía mayoritariamente como binario, donde algunas áreas de la sensibilidad nos estaban permitidas y otras vedadas, abarcó mucho mas que la dificultad de “componer”. Fue también volver al momento en el que nos organizamos como cuerpo y revisar las decisiones que fuimos tomando para ser este cuerpo que somos hoy. 

Apenas empezamos a probar ejercicios para masculinizarnos nos dimos cuenta que aquello que creíamos que era “lo otro”, aquello que estaba aparentemente tan lejos estaba en realidad muy cerca. Pero muy guardado. Como recuerdos de niñez borrosos los cuerpos masculinos aparecieron enseguida mas grandes, mas cómodos y menos pendiente de lo que lxs demás piensen de ellxs. Perfomar el otro género nos puso de narices con eso que ya habíamos leído, pero que al hacerse cuerpo aporto una verdad apabullante: todxs actuamos el género todo el tiempo. Y eso es agotador. 

Y a la vez, tan cerca estaba eso que había que actuar, y al fin y al cabo era un procedimiento tan similar al de actuar otras cosas, que empezamos a preguntarnos: ¿Por qué era la primera vez que hacíamos esto? ¿Por qué no se nos había ocurrido antes que algunas de nosotras podían hacer de varones? ¿Por qué ninguna de nosotras en otra obra había hecho de varón? Como una cosa mas. Hasta como algo exótico. Como hacer de extraterrestre.  

De robots sí habíamos hecho. De indias también. De viejas en sillas de ruedas, de extranjeras, de provincianas, de gordas con rellenos de gomaespuma, de cantantes pop en trajes brillantes, de maestras con pelucas con rulos. De pobres y de ricas. De chicas de clase media. Pero solo una de nosotras había actuado algo similar a un muchachito. “La masculinidad”, como tópico de actuación nos faltaba. A esa no le habíamos entrado nunca. 

La práctica del Drag King, esa cultura que recién empieza a tener visibilidad en la escena argentina contemporánea, y de la que Petroleo de algún modo forma parte, existe invisibilizada desde hace mucho. Existe, con un poco mas de visibilidad, el Drag Queen. Y ese otro género (que a veces encuadra dentro de algo llamado CAMP) donde los hombres, en general heterosexuales, se visten de mujeres muchas veces para burlarlas. En un arco bizarro que une a Midachi con Benny Hill parece que es algo fácil “ser” una mujer. Es una cosa pava, graciosa y sensible que cualquiera, con un poco de virtuosismo, puede hacer. En cambio ser un hombre cuando no se vive como hombre… no era tan habitual. Hay poco en la historia del humor argentino de esa exploración. Hay estigmatización y burla de las “machonas”. Hay chicas en tangas toqueteadas por señores mayores a la vista de todxs. Y hay algunos chabones que se visten de minas con mayor o menor empatía con esas mujeres. Pero las “chicas” vestidas de “varones” recién parecen poder aflorar ahora a la superficie, como otras de las conquistas que los feminismos han traído a la época.   

Hacer de hombres entonces, de repente, no era cualquier cosa. Eso que se nos había ocurrido casi inocentemente nos hacía acceder (desde la información privilegiada que brinda poner el cuerpo) a algunas cosas que no habíamos tenido, o que no habíamos sabido como tener. Era vivir, de forma pública y visible, esa porción de la experiencia que habíamos tenido que esconder casi desde antes de nacer: la fuerza, la valentía, la seguridad. El lugar del “saber”. Hablarle a los demás de cualquier pavada pero como si supieras mucho de eso. Estar cómodo con tu cuerpo. Creerte mil antes que nada. Era volver a esos cuerpos que no tenían la obligación de demostrar que “podían” hacer cada cosa que se propusieran.   

Lo que sigue es una pavada, pero sirve de ejemplo. Cuando era chica me encantaba jugar al futbol. Vivía en un barrio donde había terrenos baldíos, y a dos casas de la mía habíamos armado una canchita. Digo habíamos porque fue una gestión conjunta de mi familia y unos vecinos. Le pedimos permiso al dueño que no usaba ese terreno, lo alambramos, cortamos el pasto y pusimos dos arcos, uno en cada extremo del terreno. Yo colabore en todo eso con un entusiasmo enloquecido pero cuando llegaba la hora de jugar al futbol los varones me echaban. Yo era bastante alta y jugaba al hockey desde los 6 años y me defendía muy bien en la cancha pero en aquel entonces era fácil echarte porque eras “nena”. Yo invitaba a las otras niñas a sumarse pero no había tantas interesadas, entonces era una disputa solitaria y permanente con unos enanos que a veces eran mas chicos que yo pero que tenían muy claro que podían expulsarme de ese lugar. Cuando a veces lograba que me dejaran jugar era buena. Pero eso no servía de mucho.  

Hace poco estaba en una plaza y escuché que un señor de unos 60 años le decía a una nena “Basta. Nos tenemos que ir. Además ya sabés que las nenas no pueden jugar al fútbol”. Yo solo me detuve y lo miré fijo, pero debe haber sido tan hostil mi mirada, que el señor se tapó las orejas y mientras movía la cabeza de un lado a otro como quien no quiere escuchar algo decía: “¡Ya sé que no lo puedo decir mas! ¡Ya sé que no lo puedo decir más!”. “¡Y no lo diga mas entonces!” le dije, todavía sin poder reírme de la situación. Después me acerqué a la nena y le dije que si, que podía jugar al fútbol y a lo que ella quisiera. Y ella me hizo que sí con la cabeza.  

De alguna manera, lo de que “no se podía” hacer de hombres era tan cierto como lo que “no se podía” jugar al fútbol. Claro que se puede. Hasta el señor que dice que no, lo sabe a la perfección. Algo de eso nos vino a responder la investigación que empezamos con Petroleo. Era solo cuestión de hablar mas grave, ocupar mas espacio y hablar siempre sabiendo, aunque no sepas nada. Como todos los hechos artísticos, hay algo que se pone en juego de lo personal, de lo sanador. Hacer de chongos nos trajo ese saber: aquello que parecía tan lejano, aquello que había organizado toda nuestra experiencia sensible desde que nacimos era muy parecido a actuar cualquier otra cosa. Y estaba mas cerca que hacer de extraterrestre.  

Asique no puedo mas que recomendar esta aventura de draguearse. Mas allá de todo lo bueno que tiene hacer Petroleo, descubrimos que draguearse con las amigas es una experiencia muy reconfortante. Vestirse de chongos y estar un rato ahí, en la masculinidad, en ese otro polo de la experiencia es hermoso para un cuerpo que se ha autopercibido como femenino durante muchos años. Es como un mimo. Reirse de eso pero también habitarlo, disfrutar de sus privilegios de forma bastarda. Es cuestión de hablar mas grave, bajar el peso, ocupar mas lugar, sentarse siempre cómodo. Y no preocuparse mucho por como te ven lxs demás, bah, salvo que parezcas puto, de eso si hay que cuidarse. Es hermoso chicas, y es casi gratis. Se pueden armar las chotas con medias viejas y pintarse los bigotes con un rimmel gastado. Y cura todas las echadas de la canchita. Y hasta a veces te sentís entrando al baldío con el barco pirata de los Playmovil recién comprado.