Fernando Ferrer: «Buenos Aires está llena de artistas dispuestos a tirarse a la pileta con amor y dedicación»

El director de «La fiesta del viejo» habla sobre el fenómeno teatral, que lleva cinco temporadas y varias giras internacionales. Reescribir a Shakespeare y dirigir un elenco numeroso.

Por Diego Jemio. Fotos: Gentileza Producción «La fiesta del viejo».

Una obra coral. Una reescritura de Rey Lear. Un Shakespeare pensado en un club de barrio. Un hombre con poder que se va perdiendo en las lagunas del alzheimer. Con esos elementos, Fernando Ferrer pensó la dramaturgia y la dirección La fiesta del viejo, que se convirtió en un fenómeno del teatro off.

Lleva cinco temporadas y varias giras internacionales. El Espacio Callejón fue escenario de sus primeras funciones y ahora pasó a la sala del Metropolitan. Desde España, Ferrer habla con Todo Teatro sobre las razones de la vigencia, el elenco numeroso y cómo Shakespeare nos sigue interpelando a más de 425 años de la representación de una de sus principales tragedias.

Llevan cinco temporadas en Argentina. ¿A qué atribuís la permanencia de la obra y qué fibra pensás que toca en el público?

Es un fenómeno realmente inesperado. Cuando uno comienza a escribir una obra, ya que alguien la quiera actuarla es un suceso increíble -se ríe. El segundo suceso es que la gente vaya. Esto que se generó está fuera de cálculo. ¿A qué lo atribuyo? No tengo la más mínima idea, pero podría ensayar algún pensamiento. En un principio, se dio algo novedoso del domingo al mediodía, con música y comida en vivo, en el Espacio Callejón. Por otro lado, el grupo, que es una maravilla y se subió al tren, con impulso y buena energía. Y después el clásico shakespeariano, con una reescritura que evidentemente tocó algo de lo contemporáneo. También hubo un boca en boca impresionante, que se multiplicó e hizo que la afluencia de público vaya creciendo. Después, seguramente, hay algo que no se puede explicar. No sé cuál es la fórmula y, al menos para mí, seguirá sin conocerse.

Escena de «La fiesta del viejo».

Son un elenco muy numeroso, algo poco frecuente en este panorama postpandemia del teatro. ¿Qué posibilidades brinda el trabajo con tantos actores y actrices?

Que sea numeroso es una bendición. Amo las obras con mucha gente. Me encanta escribirlas, montarlas y ensayarlas porque permiten un montón de cosas más que una obra pequeña; digo pequeña en término de cantidad de actores y actrices. Es cierto que no es habitual, pero hay elencos grandes. La obra está centrada en lo actoral y en la iluminación. No había demasiado desafío en eso, más que el equipo y que cada una de las particularidades brille en una obra coral. Mi obsesión era esa: que los actores exploten lo mejor de su individualidad y en diálogo con la grupalidad en un intercambio de aquello que llamamos colectivo. Para eso tenés que encontrar gente que se sume a esa perspectiva colectiva y que apueste con todo. Buenos Aires está llena de amigos artistas dispuestos a tirarse a la pileta con amor y dedicación. No es tan fácil encontrar eso en otras latitudes.

¿Qué desafíos implicó y qué te preocupaba al hacer un Shakespeare con una tónica bien “argenta”?

No tenía preocupaciones a la hora de adaptar el texto. En todo caso, la atención estaba puesta en no estar tan atento al texto; es decir, poder olvidarme un poco que estaba haciendo algo con un clásico. En principio, me preocupo por leer el material, estudiarlo y ver películas sobre lo que el material toca. Después, me olvido y trato de no darle demasiada solemnidad ni importancia; sino, me resultaría muy complejo escribir. Me divierte cuando empiezo a ver que la cosa crece.

La obra es una adaptación libre de «Rey Lear».

Hablando de «Rey Lear». ¿Cuáles son los aspectos de la obra que aún te siguen conmoviendo?

Creo que hay algo del deterioro de la tarea del poder y de los afectos más primarios de los padres y los hijos; ese amor profundo que puede transformarse en un delirio y en otra cosa, que no es amor. También toca cierta cuestión que pone y enfrenta lo práctico y lo afectivo. O el capital y lo afectivo. Me refiero a esa contradicción entre el corazón y el poder, la guita. En esta versión, además, se toca la pérdida del poder sobre sí mismo por la enfermedad, el alzheimer, que impactó muchísimo. Shakespeare sigue naciéndose en nosotros a través de los siglos porque habla del alma humana, del corazón de los humanos, con sus luces, sombras, miserias y virtudes.

«La fiesta del viejo» se puede ver los jueves, a las 20, en el Teatro Metropolitan Sura (Avenida Corrientes 1343). Entradas en la boletería del teatro o por Plateanet.