Fabio Golpe. El monólogo, ese gran desafío de la escritura

El autor y director de «La culpa de todo» cuenta cómo fue el proceso creativo de su obra y el reto de contar una historia que comenzó a gestarse hace diez años.

Por Fabio Golpe. Fotos: Gentileza Pablo Golpe.

El germen de esta obra es un texto breve que escribí en un taller de dramaturgia hace más de diez años. En aquel momento, la escritura estuvo condicionada por un ejercicio de escritura. Recuerdo que tenía que ser un monólogo de tres páginas. Y luego quedó ahí en una carpeta dentro de la computadora. Hasta que llegó una pandemia y me reencontré con el material.

Durante varias semanas me dediqué a borrar, agregar y corregir. Durante ese proceso, me surgieron las ganas de llevar a escena el material. Una vez que sentí que la obra estaba terminada, me presenté a todas las convocatorias que iban apareciendo para poder contar con dinero para la producción. En algunas, la obra salió seleccionada y eso, en parte, sirvió de impulso para continuar con el proyecto.

Desde el principio, me dio vértigo encarar un nuevo monólogo; es el segundo en las catorce obras que llevo escritas y dirigidas. El primero -y único- hasta este momento era La otra vida. Un monólogo siempre es un desafío desde la escritura. Simplemente, se busca que sea atractivo, que esté bien narrado, que pueda sostenerse en el tiempo. Desde la dirección, están las importantes y muchas decisiones que hay que ir tomando en cada ensayo, los volantazos que se pegan cuando algo no funciona, las acciones, los movimientos, creer que el personaje está demasiado tiempo quieto y eso está mal. ¿Por qué el personaje tiene que ser igual de productivo que yo?

Gráfica de promoción de «La culpa de todo».

Esta obra me hizo pensar en otro tiempo, en un universo detenido, sin mis apuros y ansiedades. Esto seguramente ocurrió porque el texto es una gran reflexión, por parte del personaje, sobre una vida obturada. No es que no suceda nada y el personaje solo reflexiona sino que, desde su presente, vuelve al pasado en donde se encuentra con su madre y su padre. Reconstruye y representa esos momentos que lo llevaron a estar así hoy. Ubica esos recuerdos delante de él y les da significación a cada uno.

En esa revisión, el personaje por momentos encuentra respuestas y por momentos no; sólo encuentra dolor y bronca. Es una obra que habla sobre la infancia y la adolescencia, momentos claves en los que necesitamos esa mirada externa que nos sostiene y nos da fuerza para levantarnos y construir autonomía, pero a este personaje no le pasó eso. Y justamente es en este monólogo donde nos encontramos con una persona que tiene mucho para decirle a su madre y también a su padre.

Cuando dejamos pasar el tiempo -o cuando dejamos que el tiempo nos pase-, luego podemos mirar de otra manera, desde otro lugar y ahí es cuando reflexionamos y revisamos esas huellas que nos quedaron de momentos no tan placenteros de la primera parte de nuestras vidas. La pandemia y su tiempo detenido me hicieron conectar con ese material de hace diez años, que reescribí con entusiasmo y que también sucede en un universo con un tiempo detenido.

La obra fue pensada durante los meses de pandemia.

Por suerte, encontré al mejor actor que podía ponerse en la piel de este personaje tan enredado: Angel Blanco. Al poco tiempo de convocarlo, empezamos a ensayar de manera presencial, allá por marzo de este año. En un primer momento íbamos a estrenar en mayo, pero llegó la segunda ola y nos guardamos otra vez. Hicimos algunos encuentros por Zoom pero de marzo a mayo ya casi teníamos la obra montada y no tenía mucho sentido hacer ensayos virtuales. Así que decidimos parar de mayo a agosto, cuando vimos que todo empezó a calmarse un poco y ahí retomamos la presencialidad. Desde ese momento ensayamos mucho hasta llegar al estreno.

Por supuesto que de agosto a octubre no fue solo ensayar, también buscamos sala para estrenar y ahí apareció el hermoso teatro Nün (en el que ya había trabajado en 2017 con mi obra Trágica & Moderna). Buscamos escenografía, vestuario, utilería, diseñamos la gráfica, hicimos fotos, ideamos el diseño de iluminación y mandamos a imprimir cartelería. Fue un período de muchas decisiones para poder llegar al estreno. Es importante destacar que siempre se toman decisiones para llevar a escena un proyecto, pero en este contexto de pandemia, en el que contamos con menos presupuesto que en años anteriores, cada decisión implicó un pensar si esa inversión era ultra necesaria o si se podía reemplazar con otra cosa. Y siempre cuidando la estética de la obra.

Lxs artistas independientes hacemos magia. En ese reemplazar para gastar menos (porque el subsidio no alcanzó) no nos da todo lo mismo. No ponemos cualquier cosa. La obra se cuida hasta en el último detalle.

La obra «La culpa de todo» se puede ver los domingos, a las 19, en Nün Teatro Bar (Ramírez de Velasco 419)