Es la vida que no alcanza

El director Alejandro Radawski cuidó a su abuelo durante muchos años. Esa experiencia lo llevó a crear «El alemán que habita en mí». Aquí repasa el proceso creativo de la obra.

Por Alejandro Radawski

En mi obra El alemán que habita en mí abordo el tema de la vejez, basándome en mi experiencia personal con mi abuelo, a quien cuidé durante muchos años. También lo hago porque desde hace algún tiempo me siento anciano; desde que cumplí 30 años siento que soy un viejo atrapado en este cuerpo, que la vida no me alcanza, que el tiempo se me está escurriendo. Y eso es atormentador.

Si bien la obra aborda la vejez, me parece que es una excusa para enrostrar la violencia con la que tratamos a nuestros jubilados. Quiero que la obra sea un espejo de lo que nos va a pasar a todos nosotros. Por eso pensé una puesta en escena en código de pesadilla, donde poder exponer no solo el mundo geronte sino también la hostilidad y perversidad con la que se relacionan las personas hoy en día. Obviamente que todo eso genera incomodidad en el público y un sabor amargo. Ese es mi único objetivo como director: incomodar para hacer pensar.

En cuanto a la dramaturgia, yo escribo para ser leído, por eso no uso didascalias. De hecho, El alemán que habita en mí no tiene personajes, es un texto de corrido en formato monólogo sin acotaciones. Es un texto que invita a los directores a hacer lo que quieran con él.

Para el rol protagónico convoque a Carlos Kusznir, a quien conozco desde hace unos 10 años. Lo dirigí en un largometraje y en otros proyectos. Me parece un actor de una sensibilidad y fragilidad descomunal; era lo que necesitaba para el rol protagónico de la obra: un actor de cierta edad que me permita jugar con su imagen. Esto era lo más importante y lo más difícil de encontrar. Me refiero a un actor grande que se deje «ridiculizar» en escena.

Hoy en día se está más pendiente de cuidar la imagen que de producir teatralidad con ella. Otra cosa importante era conseguir un registro actoral mínimo, sin declamaciones, y con Carlos trabajamos con la premisa de lo interno eliminando todo lo que fuera externo o formal. El resultado, para mí, es excelente.

Como director, agregué personajes -cuatro mujeres-, que va de la mano con mi mirada del hacer teatral: destrozar los textos para crear obras de teatro. Además fue un hermoso pretexto para trabajar con dos de mis actrices favoritas: Luján Bournot y Natalia De Elia; y sumar al amor de mi vida: Victoria Stecca; y a las talentosas, Carolina Frosio y Sophie Tirouflet. Ellas son parte de la imaginación del protagonista. Las encargadas de hacerle vivenciar y recordar al viejo todas las vidas de su vida. Me refiero a los momentos más sórdidos y aquellos más felices; todos esos momentos que él no puede controlar.

La incorporación de un niño en la obra, Gonzalo Martinelli Teves, forma parte de esas ideas locas que se cuelan entre sueños y que si no estás atento pasan de largo, como casi todo en la vida. Me gusta estar atento a esas señales. Un día se plantó en mi la idea de desdoblar al viejo y que aparezca él mismo pero de joven. La idea de que un día cualquiera a un viejo al que le queda poco se le aparece su niño me parece abrumadora.

El erotismo está muy presente en el texto escrito. Es uno de los tópicos con los que trabaje desde la dramaturgia, por momentos el texto se vuelve pornográfico, pero a la hora de crear la obra teatral no quise darle más énfasis del que ya viene por defecto en el texto. Si no lo hacía así, iba a sentir que el universo se volvía burdo y explicativo. Me gusta jugar con matices grises donde las cosas no estén del todo definidas para que esa apertura sea el disparador a generar pensamiento en el espectador y sacarlo de un rol pasivo.

Como director teatral craneo las obras como si fueran una película, y desde antes de empezar a ensayar supe que necesitaba una banda sonora. Y trabajar con ellos fue muy simple: solo bastó que les diera una indicación sobre la atmósfera que quería lograr en cada parte musical y Sergio Armellino (piano) y Matías Pallumbo (batería) se encargaban de decodificar mi pedido y traducirlo a música. El mérito es de ellos, que junto a Nahuel Baridon (violín) y Victor Morales (contrabajo) crearon la sinfónica del olvido. Sofia Queti es una zarpada cantante que se sumó a mis obras (Ferdydurke y La primera vez) recientemente y es un hallazgo brutal.

Mi mirada como director es bastante radical. Hay un teatro con el que comulgo y un teatro con el que no. Esa es mi relación con el teatro en general. Hay un tipo de teatro que no me gusta, que me aburre, que es el que yo llamo teatro naif, que está ligado a la forma, a lo snob, al “ser cool” y hacerse el moderno. Eso está más cerca de la lectura dramatizada que del arte; pienso que ese es un teatro muerto.

El teatro con el que me identifico es el que toma riesgos, que pone las cosas en peligro, el teatro que amenaza. Para eso es necesario alejarse de la literatura. Me es imposible pensar el teatro si no se hace de forma multidisciplinaria; acuerdo con el teatro que juega con todos los lenguajes, el que nunca cierra sentido, el que trabaja con el cuerpo del actor y no con la palabra. El teatro de las emociones y no de lo discursivo.

Creo que se trata de una búsqueda personal y mi compromiso con el teatro y la idea de asumir riesgos. Sería mucho más cómodo hacer lo que hacen muchos teatristas de cierto “renombre” que no toman ningún riesgo a nivel puesta en escena y que sus obras se parecen más a una lectura dramatizada que a una obra teatral (show), donde no hay nada multidisciplinario. Lo único que sucede allí es la repetición de un texto escrito por unos actores que ponen ciertos tonos para darle matices al texto. Así, sin tomar ningún riesgo, abusan de su poder de “nombre” y coleccionan premios, críticas y aplausos de pie. Eso no lo podría hacer nunca, sería una traición a mis principios.

Me gusta experimentar con la estética todo el tiempo, jugar y yuxtaponer lenguajes que nunca he fusionado antes. Crear sin estar atado a nada, ser libre. Pero sobre todas las cosas amo coquetear con el absurdo.

Creo que los directores de teatro son como artistas plásticos que usan elementos ya fabricados para sus creaciones, que conjugan todos los lenguajes para crear una obra de teatro. Usan otras piezas (texto); se sirven de las obras de otros artistas (vestuario, escenografía, iluminación, música, etcétera); manipulando como títeres a los actores para que hagan lo que ellos quieren.

Por ejemplo, la mayoría de las personas conocen Hamlet de William Shakespeare, saben que hay un fantasma que habla, que Hamlet es un príncipe que debe vengar la muerte de su padre, que Ofelia se suicida, y si tienen un poco de memoria hasta saben cómo termina, por eso creo que lo verdaderamente interesante de ver un Hamlet hoy, es ver la obra del director. Y así siento el teatro.