Patricio Abadi. Entre la creatividad y el «oportunismo pandémico»

El dramaturgo, director y actor cree que es tiempos de «mirarnos hacia adentro como comunidad». La pulsión creativa y la resistencia cultural.

Por Patricio Abadi. Foto: Gentileza Clarín.

Hay una pulsión creativa latiendo dentro de uno mismo, que puede aflorar en cualquier circunstancia. Oscar Wilde escribió su texto Las baladas de la carcel de Reading -a mi entender el más hermoso- entre rejas y en la situación más desgraciada de su vida  Algunos roles del oficio, como la dirección o la actuación, son más dependientes de la grupalidad y parecen ser los más invalidados. En cambio, la dramaturgia, la escritura, es una actividad  bastante propicia para estos tiempos.

Nos habíamos dejado robar en frente de nuestras narices, principalmente a manos de las redes sociales y  los tiempos modernos, el derecho al tiempo para escribir. Hoy esa actividad tan ancestral y primitiva, en mi caso personal, afloró con más fuerza que nunca.

No recuerdo otra época con tanto entusiasmo y disciplina en relación la generación de textos. Tal vez, como un juego saludable, un trabajo posible, un lugar desde donde irradiar algo positivo que luego pueda transformarse en trabajo para mí y otros colegas. Y también para que la realidad no nos duela tanto.

El regreso a la «normalidad» lo imagino paulatino pero incesante. Yo creo que el teatro se está haciendo extrañar. Es como esas cosas que uno valora más cuando no las tiene.  Y creo que, más allá de la abstinencia evidente de quienes lo hacemos, también está el espectador abstinente. Me refiero al espectador de teatro que es el que sin dudas -y lo firmo donde sea- no va a dejar de ir al teatro.

Se puede entretener viendo películas, series, pero ni siquiera lo entusiasma el teatro filmado (que tal vez tiene un circulación más endogámica, más para domar al narciso que todos tenemos,  para mostrarse, dar a conocer trabajos, lo cual es válido e incuestionable para quien lo desee exponer) pero el espectador del teatro no busca eso. Lo que quiere es volver al teatro y lo importante es que allí va a estar cuando volvamos.

Estarán ahí donde lo necesitamos; mirándonos, dejándose mirar y siendo todos y todas atravesados por una de las pocas experiencias artísticas de comunión que nos quedan en esta existencia virtual. No hay tantos espectadores de esos fieles como uno quisiera, pero sí que los hay  y son aquellos que, una vez superado esto, de a poco van a ir volviendo a las salas.

La interpretación de los sueños, una de las últimas creaciones de Abadi.

Siento que esta transición nos deschava un poco en la adicción que venimos trayendo en cuanto a ser mirados, sobre la cual hay que pensar porque una cosa es la creatividad y otra cosa cuando nos agarra el oportunismo pandémico, la histeria por figurar o llamar la atención como niños en la escuela.

La situación empuja hacia el baúl de los recuerdos, pero tenemos que también mirarnos hacia adentro como comunidad. Ver si, como dicen Los Redonditos de Ricota, la  imagen que tanto nos preocupa  mostrar de nosotros «no nos desfiguró » un poco. Y, tal vez, más que desesperarnos por figurar multiplicados en el espacio virtual sea un buen momento para analizar en qué lenguaje estético estamos parados, cuál nos gustaría abordar,  cómo vamos a hacer para alimentarnos mañana y como armar algo importante. Y no meramente para la tribuna.

Me refiero a algo realmente solidario para contener a los sectores de la actividad más postergados -sectores o sujetos-, que podamos ayudar en esta situación de la manera que fuera. A veces hablamos del teatro, de nuestros elencos, o de la comunidad misma como «la familias que se elige».

Creo que estamos ante la oportunidad de prestar atención a los integrantes de esa familia que más nos necesitan para generar acciones concretas. Serían micropolíticas de la resistencia. Volver al humano, a ver cómo ayudar al que tenemos al lado, hasta que veamos alejarse los nubarrones y se abra el telón.