Daniel Veronese: «Nunca el teatro fue tan solidario»

El dramaturgo, actor y director habla del «gusto a poco» de las experiencias virtuales a las que califica como una «muleta». La creación compulsiva en tiempos de pandemia.

Por Muriel Mahdjoubian Rébori. Fotos: Gentileza Clarín.

“Confío mucho en mi intuición, ese es mi motor”, revela Daniel Veronese, dramaturgo, director, actor y titiritero. Es uno de los creadores más destacados de la escena teatral. Fue miembro fundador del El Periférico de Objetos, grupo de relevante significación en la historia del teatro nacional. Su nombre en sello de confianza a la hora de ver una obra de teatro tanto en el ámbito comercial como independiente. Pronto editará su nuevo libro Impar y Discontinuo, con obras, escritos de los últimos veinte años.

“Nunca produje tanto. Ensayar cinco o seis obras a la vez, haber escrito hasta hoy unas cinco obras de teatro, hacer streaming de cosas ya estrenadas, estrenar otras para la ocasión y otros tantos proyectos más se convirtieron en mi manera constante de pasar el día. Y así pasar la semana, los meses y muy pronto el año”, reflexiona.

¿El arte puede ayudar en este momento? Si es así, ¿de qué forma?

¿A quién? ¿Al público? ¿A los artistas? Puedo contestar por mí, aunque a esta altura del encierro a veces creo que se puede convertir en un ejercicio gimnástico. El intercambio que mantengo cada día con muchos actores y colegas me mantiene atento. Lo siento, algunas veces, como una prótesis contra la desesperación, la angustia, lo desconocido y contra la muerte misma. Nunca produje tanto. Ensayar cinco o seis obras a la vez, haber escrito hasta hoy -solo y acompañado- unas cinco obras de teatro, hacer streaming de cosas ya estrenadas, estrenar otras para la ocación y otros tantos proyectos más se convirtieron en mi manera constante de pasar el día. Y así pasar la semana, los meses y muy pronto el año. Me siento pasando las horas, esperando que todo termine de una vez aunque la realidad diga que falta bastante. Lo más complicado de esta creación compulsiva es el cuello de botella que empieza a aparecer por el embotellamiento productivo. Necesito liberar espacio. Descargar. Hacer teatro presencial. Porque lo virtual ya se convirtió -aunque le de vueltas- en una muleta a utilizar porque no me queda otra. ¿Cómo repercute en el otro lo que yo hago? No lo sé. La gente que consumía teatro también va agarrándose de estas formas que nosotros vamos colgando, formas a las que todos –espectadores y artistas – les ponemos onda. ¿Hasta cuándo? No se sabe. Porque el gusto a poco creo que lo sentimos todos. Creo que nunca el teatro fue tan solidario, de ambas orillas. Pero de lo que estoy seguro es que ser creadores en medio de la pandemia nos hace en un sentido -no en el económico por supuesto- privilegiados por poder meter la cabeza ahí. Personalmente lo hago compulsivamente para no colapsar. No creo que sea heroico. Heroico es apagar fuegos. O trabajar en sanidad. O hacer sánguches de milanesa y salir a la calle a venderlos para paliar la propia pobreza familiar. O tantos otros trabajos que la gente se ve obligada a hacer.

Has construido un camino absolutamente singular, de propia voz. ¿Cómo encontraste ese camino?

Llegué al teatro por la puerta de atrás, casi empujado, no por convicción sino porque no encontraba otras puertas abiertas. Siento de todas formas que mi camino estaba signado por la creación artística. Siempre quise crear cosas, crear algo, crear mundos nuevos. El teatro me dio esa posibilidad. No pertenezco al espectáculo, a lo espectacular, a lo que rodea al teatro. A veces me metí en lugares en los que no pude moverme con comodidad. Pero aprendo sobre la marcha qué es lo que puedo y lo que no debo. Confío mucho –ese es mi motor- en mi intuición, no en la lógica del mercado, ni en escuelas ni en dogmas. ¿Como transmitir eso? Es difícil porque no trabajo con herramientas que pueden enseñarse, sí practicarse. Hay un pensamiento que me alteró siempre -incluso cuando era adolescente y trabajaba en la carpintería con mi padre- y es la necesidad de modificar la forma de hacer las cosas. Aún no sabía qué cosas, pero pronto entendí que la carpintería no era lugar para esas transformaciones o revoluciones. Por eso me interné en la creación artística. ¿Y si pongo en duda lo indubitable? Esa fue la pregunta que me alteró siempre, ahí encontré un mundo. ¿Cómo se trasmite eso? No creo que se pueda enseñar a dudar de todo.

¿Qué buscas en el actor o qué tiene que tener para poder trabajar en tus obras?

Es algo que siento. En general me caracterizo en hacer buenas elecciones; conozco muchos actores y actrices y de manera natural se meten en mis proyectos. También suelo juntar gente y proponerles hacer algo juntos y recién después buscar materiales para ese grupo. El grupo de actores es lo más importante de un proyecto. Prefiero mil veces un grupo que solo sea interesante para mí y una obra mediocre que al revés. Tiene que ser gente que invitaría a una fiesta. ¿A quién invitaría uno a su fiesta? ¿A alguien que sabemos en un momento va a traer problemas, que sospechás que te puede robar algo, que siempre se aburre y se va temprano a su casa? Actores con ganas de trabajar, de descubrir, que sepan compartir y pensar en teatro como un fenómeno colectivo. Que puedan aceptar el vacío.

«La noche devora a sus hijos», obra de teatro dirigida por Veronese por Zoom.

¿Cuáles son tus proyectos para lo que queda de este año y para el año que viene?

Estoy ensayando una obra de Lars Noren llamada Otoño e Invieno; también ensayo una obra mía basada en Los pequeños Burgueses, de Gorki, llamada Estrellas de Corazones Tristes; una nueva versión de La tres Hermanas, de Chejov, con el mismo equipo de La noche devora a sus hijos; una versión mexicana de las Experiencias de D. F. Wallace; voy a montar en Chile para Santiago a Mil -si todo sigue bien- un texto mío: Ella Lo Ama. Lo de Chile es lo más concreto en cuanto a posibilidades de estreno. Y estoy armando junto a Sebastian Blutrach un evento sobre textos de Jasmina Reza a la espera que se puedan abrir los teatros. Es decir, todo va a depender de la posibilidad de lo presencial. En materia de dirección audiovisual voy a intentar realizar un capítulo de una serie. Terminando de darle los últimos trazos a unas obras que están casi terminadas. Y finalmente despues de mucho tiempo voy a editar en foma independiente mi libro Impar y Discontinuo, con obras, escritos y demás de los últimos casi veinte años.

¿Cómo fue la experiencia de los espectáculos por Zoom y vía streaming? ¿Crees que continuará como otra opción en el futuro?

La noche devora a sus hijos es una experiencia maravillosa. Estábamos a días de estrenarla en Timbre 4 y nos topamos con el Covid. Entonces vimos que se podía adaptar a este sistema que hoy cobra tanta importancia llamado Zoom. Al ser 18 voces independientes y a la vez complementarias pudimos armar un organismo que la pantalla, creo, mantiene vivo. Es algo distinto que lo que estábamos por estrenar; es decir que tuvimos que modificar formas expresivas, el caracter de la enunciación, los códigos internos de armado del discurso, pero finalmenten salió y estamos muy contentos con la repercusión. Los demás espectáculos via streaming que hacemos también creo que conservan su carácter, pero todo pide pista para aterrizar en un teatro otra vez. No es teatro para mí, es otra cosa, es un paliativo. Puede que el Zoom siga como opción al futuro pero para cosas concretas, charlas, reuniones, lecturas, pero la falta que tenemos todos de sentir al compañero al lado, de hablarle a personas en tres dimensiones me hace pensar que no puede ser una opción para el teatro. El encuentro presencial es lo que hace único al teatro, por eso ninguna otra experiencia creativa dinámica -llámese tv, o cine o lo que fuera- lo pudo igualar en su esencia.

¿Con quién te hubiera gustado tomar un vino del mundo del teatro de todos los tiempos y por qué?

Se me aparece siempre Chéjov porque me siento unido a su mundo. Me gustaría mostrarle el teatro que hago con su teatro y escuchar que diría. Y si hablamos de contemporáneos extraño a Pavlosky. Era un ser esencial, distinto en la jungla creativa. También me gustaría tomarme un vino con (Ariel) Bufano, que fue un maestro creativo que no pude aprovechar del todo en su momento. Comencé a entenderlo más, a pelearme menos en mi cabeza con él cuando me convertí en director. Decirle eso.